Surco
Por el Dr. MANUEL GRACIAN BARRERA
Ilustre y noble Lucano:
He decidido escribirte esta carta para narrarte los hechos tal como los he presenciado con mis propios ojos. Quiero enviártela para que conozcas la verdad sobre la muerte de Jesús de Nazaret: el suplicio más cruel y horroroso de todos; el más terrible, atroz e infamante: la muerte de cruz.
Lamento profundamente no haber hablado con Jesús, como era mi deseo; me entretuve demasiado con los enfermos curados por él. «Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, y los pobres son evangelizados». Nunca vi nada igual en Egipto, Grecia y Antioquía. No hay duda alguna: se trata de auténticas curaciones milagrosas.
Cuando llegué al lugar llamado Calvario, los legionarios romanos despojaban a Jesús de su túnica. Sus grandes y expresivos ojos manifestaban una tristeza mortal. Ceñía su cabeza un casquete entretejido con un gran manojo de espinas; sus rubios cabellos, teñidos con sangre; el bello rostro cubierto de verdugones; el musculoso cuerpo, lacerado por la flagelación degradante. El cansancio del torturado cuerpo era enorme; representaba el más triste modelo de la indefensión.
Impotente contemplé cómo le taladraban las mansas y prodigiosas manos; las cosieron con clavos al patíbulo. Escuché por primera vez la voz de Jesús: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen». A pulso lo levantaron hasta el palo principal de la cruz; en seguida le traspasaron los pies con dos clavos. Eran las nueve de la mañana cuando lo crucificaron. Junto a Jesús empalaron a dos ladrones, uno a su derecha y otro a su izquierda. Invocando a Jesús uno de ellos murmuró algo; y en el acto Jesús le respondió: «En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso».
Al pie del madero, junto a Jesús estaba su propia madre, con otras dos mujeres y un joven adolescente. Al verla perlada en lágrimas silenciosas Jesús expresó: «Mujer he ahí a tu hijo —y dirigiéndose al adolescente indicó—: «He ahí a tu madre».
Desde el mediodía hasta cerca de las tres de la tarde la tierra se cubrió de tinieblas. Yo no podía distinguir con claridad la figura de Jesús, pero el tormento a que estaba sometido era inclemente. Tú me has enseñado, ilustre Lucano, que un crucificado sufre calambres tetánicos e intensa sofocación; la estasis sanguínea congestiona el corazón y los pulmones; para poder respirar, el martirizado tiene que apoyarse en los pies y en los brazos, recrudeciendo el agudo dolor infligido por los clavos; le falta el aliento, la ortopnea progresa y, cuando queda exhausto, muere asfixiado. Y todo sucede con pleno estado de la conciencia.
Cerca de las tres de la tarde Jesús gritó con fuerza: «¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Al suplicio de la crucifixión se agregó el tormento de la sed; la deshidratación era evidente; ayuno forzado, sudoración profusa, pérdida de sangre por las heridas de las espinas, de la flagelación y de los clavos. Oí claramente el lamento de Jesús: «Tengo sed». Uno de los legionarios romanos le ofreció una esponja saturada con vino y hiel, fijada en el extremo de una caña. Jesús la rechazó y articuló suavemente: «Todo está cumplido». Y antes de inclinar la cabeza y expirar —inexplicablemente para un crucificado que ante la asfixia inminente apenas podía balbucir—, Jesús gritó de nuevo con voz tronante: «¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!».
No puedo olvidar ese grito de Jesús, misterio insondable. Un crucificado muere extenuado y asfixiado; apneico, es imposible que pueda gritar.
Tembló la tierra y hubo rocas que se partieron. La gente que asistía al martirio, golpeándose el pecho, se retiró del lugar. Los legionarios comenzaron a desesperarse; decidieron precipitar la muerte de los crucificados. Quebraron las piernas de los dos ladrones. Al aproximarse a Jesús vieron que estaba muerto. El centurión romano se acercó al madero; debía certificar ante Pilato la muerte de Jesús. Con su lanza, un legionario perforó el costado derecho de Jesús y atravesó la pleura, el lóbulo pulmonar, el pericardio y traspasó el corazón hasta la aurícula derecha. Y brotó al punto sangre y agua.
La emanación de sangre y agua fue impresionante. No tuve duda que Jesús ya había muerto cuando recibió la lanzada; de lo contrario, el colapso pulmonar provocado por la transfixión habría impedido la salida de sangre.
¡Cuánto debió sufrir Jesús durante la tortura aplicada por los mercenarios romanos! La sevicia de los legionarios campeó impunemente. Era de esperarse en mercenarios reclutados entre sirios y samaritanos, eternos enemigos de los judíos. La tortura de Jesús fue abominable. La emanación acuosa provenía de derrames internos de la pleura y del pericardio. La sangre, de la vena cava superior. ¡Cuánto sufrió el buen Jesús! Como un arroyo que se escurre, sus huesos se desconyuntaron; su corazón se volvió como de cera y, en sus entrañas, se derritió inexorablemente.
¡Oh noble y querido Lucano!: Después de Jesús la vida ya no será igual. El Salmo 22 ha sido profético; te recomiendo lo repases. Siento que algo grandioso va a suceder. Debes venir pronto; no te detengas ante nada. Procura no venir de noche como Nicodemo. Ven pronto sin tardanza; he encontrado el Camino.
Te saluda tu discípulo y amigo, Taciano. — M.G.B. — Campeche, Cam., abril de 1984.