SUEÑOS DE ARENA

Por: Emmanuel Gracián

Había una vez un joven llamado Tomás, que vivía en un pequeño pueblo a la orilla del mar. Desde niño, Tomás tenía una facilidad extraordinaria para hablar. Su voz era melodiosa y su imaginación, desbordante. Podía pasar horas sentado en la plaza del pueblo, narrando con lujo de detalle todo lo que planeaba hacer en su vida.

—Algún día viajaré a tierras lejanas, más allá de esas montañas, y veré ciudades donde las torres tocan el cielo —decía, con los ojos brillantes de ilusión.

—Voy a construir un puente que cruce la bahía, para que nadie más tenga que usar esa vieja balsa.

—Seré un gran inventor, crearé máquinas que faciliten la vida de todos.

Los aldeanos, al principio, lo escuchaban con atención y le alentaban. “¡Qué ambicioso es Tomás!”, decían algunos. “Va a llegar lejos, estoy seguro”. Pero con el tiempo, las palabras de Tomás comenzaron a parecerles huecas. Año tras año, el joven repetía los mismos sueños, sentado siempre en la misma banca, sin dar un solo paso hacia ellos.

—¿Cuándo vas a empezar, Tomás? —le preguntaban.

—Pronto, pronto. Lo importante es planear bien las cosas —respondía, mientras dibujaba con un palo en la tierra.

Así pasaron los años. Tomás seguía soñando en voz alta: hablaba de los mares que algún día navegaría, los libros que escribiría y las maravillas que descubriría. Pero nunca se levantaba de su banca. Los niños que lo escuchaban crecerían, formarían familias, y Tomás seguía en el mismo lugar, como si el tiempo no pasara para él.

Un día, muchos años después, mientras los primeros rayos del sol iluminaban la plaza, Tomás se miró las manos. Ya no eran las manos de un joven, sino las de un anciano: arrugadas, débiles y temblorosas. Un escalofrío le recorrió su cuerpo al darse cuenta de cuánto había cambiado.

—¿Cómo puede ser? —murmuró para sí mismo—. ¿Dónde se fue todo el tiempo?

Intentó levantarse de la banca, decidido por primera vez en su vida a hacer algo. Pero su cuerpo ya no tenía la fuerza. Las rodillas le dolían, y el aire fresco que antes le llenaba de energía ahora le calaba los huesos.

Un niño, curioso, se acercó a él.

—¿Qué vas a hacer hoy, abuelo? —le preguntó con inocencia.

Tomás suspiró, con una mezcla de tristeza y resignación.

—Hoy, pequeño, me sentaré aquí… como siempre lo he hecho.

Esa noche, al mirar las estrellas, Tomás comprendió algo: había pasado toda su vida hablando de un futuro que nunca llegó. Sus sueños eran hermosos, pero no eran más que sueños de arena. Cerró los ojos por última vez, no con tristeza, sino con una lección que ojalá otros pudieran aprender: soñar es importante, pero un sueño sin acción es solo un susurro que se lleva el viento.

Y así, Tomás se convirtió en un recordatorio para el pueblo: no basta con hablar, hay que levantarse y vivir.